
En diciembre de 2005, el escritor estaba de visita en Cuba, para la apertura del Festival de Cine de la Habana. Hacía sólo algunos días que Bernie Dwyer me habían hecho de regalo una excelente cámara fotográfica, y coincidió que el Premio Novel se encontraba sentado en el teatro, sólo tres filas a mis espaldas. Cuando me percaté, me levanté entusiasmado para hacerle algunas fotos, pero un colega que estaba a mi lado, me previno: “No te acerques al hombre”, dijo refiriéndose al novelista, “Se pone bien pesa´o con los periodistas”. Desilusionado me volví a sentar, después de escuchar aquella advertencia, y me conformé con volver a casa con el deseo aun, de hacerle una foto al gran narrador con mi flamante Olympus.
Días después asistí con Dwyer a un evento en Casa de las Américas de la Ciudad de La Habana. Se trataba de un homenaje al Gabo, a través de una exposición de grabados del artista colombiano Pedro Villalba Ospina. El conjunto era una excelente colección de aguafuertes de Villalba, quien había realizado tan encomiable tarea después de leer más de veinte veces la novela Cien Años de Soledad. La entrada de la sala de exhibición estaba realmente abarrotada de un público que esperaba con entusiasmo ver la fisonomía de los personajes y escenas garcíamarquianas a través de la interpretación del acucioso grabador.
De pronto la multitud comenzó a aplaudir y apareció un pequeño grupo de personas entre los que se encontraban el poeta cubano Roberto Fernández Retamar, Miguel Litín, el conocido director de cine chileno, un hombre delgado de nariz afilada y sombrero de pana, y el mismísimo Gabo, Gabriel García Márquez. Tras algunas palabras de Retamar, el Nobel de Literatura cortó la cinta que inauguraba la exposición y la multitud fue avanzando hasta quedar todos dentro de un amplio salón. Dwyer y yo fuimos los últimos en entrar. En el salón comenzaron a aparecer varios sirvientes con bandejas de bebidas. Algunos asistentes estaban ocupados en mirar las obras de Villalba, otros se abalanzaban sobre las bandejas de bebidas, y otros aprovecharon para pedirle autógrafos a García Márquez y al hombre de nariz afilada y sombrero, que no era otro que el grabador Pedro Villalba Ospina.

Como tuvimos éxito le dije: “Ahora me toca a mi.” Entonces traté de acercarme al escritor, pero un grupo de sus admiradores lo rodeó, para solicitarle que le estamparan sus firmas en varios ejemplares de novelas que a todas luces guardaban en sus libreros particulares. Esperé nuevamente, y cuando ya estaba al lado del escritor, se le acercó Miguel Litín y parece que le hizo algún chiste porque los dos soltaron una carcajada, que me hizo ponerme en guardia, pero pronto comprendí que el Nobel estaba de magnífico humor, y me acerqué nuevamente en el momento en que Litín se movía a otro lado de la galería: Dwyer estaba nerviosa y no se había atrevido a accionar el obturador de la cámara fotográfica en ningún momento. Me acerqué nuevamente al escritor como si saliera de sus espaldas, y cuando llegué a su lado me detuve, y Bernie apuntó con la cámara hacia nosotros. Evidentemente, García Márquez se percató de la maniobra, y me miró con cara de pocos amigos: “Ajá, te estás colgando de la brocha”, me dijo al tiempo que se le escapó una sonrisa. Sin decir nada, miró hacia mi compañera de aventuras y se dispuso a posar de manera natural. Ya vuelto hacia mi, me dijo: “Bueno, espero que te sientas bien. Ahora hablemos de algo, me dijo. Por lo que veo estás saludable, no?” me preguntó. Entonces comprendí que se había dispuesto a permitirme una foto junto a él, pero Bernie estaba nerviosa,a pocos metros de nosotros, quizás esperando un desplante del escritor. Sin embrago, aproveché esa oportunidad para preguntarle, con visible nerviosismo, su criterio sobre la recreación de su obra maestra. “Pues, nada es un trabajo monumental de un artista excelente”, me dijo con una sonrisa, y acto seguido miró hacia Dwyer y le dijo: “Bueno, hazle la foto, ya”. Le ordenó, sin abandonar la sonrisa, pero con cierta ironía.
Entonces ella accionó la cámara un par de veces y el Nobel, me dio una palmada en el hombre y preguntó: ¿Satisfecho? Le di las gracias y nos estrechamos la mano.
Cuando llegué a casa era cerca de las 2 de la madrugada. Bernie no podía ocultar su entusiasmo por verse retratada al lado de uno de los escritores más importantes del siglo XX, por mi parte, también estaba animado, había logrado una foto notable. Con impaciencia, encendí la computadora y descargué las fotos. No podía creerlo, era realmente desconcertante. Las fotos de Dwyer casi pegada contra el Nobel estaban perfectas. Las mías, las que hizo para mi, estaban todas fuera de foco. No obstante, están entre mis fotos más preciadas, adonde quiera que voy, se van conmigo. Y el incidente siempre es un gran motivo para contarlo.
Cuando llegué a casa era cerca de las 2 de la madrugada. Bernie no podía ocultar su entusiasmo por verse retratada al lado de uno de los escritores más importantes del siglo XX, por mi parte, también estaba animado, había logrado una foto notable. Con impaciencia, encendí la computadora y descargué las fotos. No podía creerlo, era realmente desconcertante. Las fotos de Dwyer casi pegada contra el Nobel estaban perfectas. Las mías, las que hizo para mi, estaban todas fuera de foco. No obstante, están entre mis fotos más preciadas, adonde quiera que voy, se van conmigo. Y el incidente siempre es un gran motivo para contarlo.